sábado, 27 de diciembre de 2008

¿Nostalgia?

Hace mucho que no escribo aquí, quizá demasiado. En ocasiones me pregunto si no es un poco absurdo tener un blog que no actualizo con la debida frecuencia; otras veces, me planteo simplemente la necesidad de tener un blog; las más, no pienso en La puta y el trapecista.
El año llega a su fin, las calles son invadidas por dulzonas luces navideñas, hace frío, se habla de la crisis, se cena pavo, embutido y marisco, se brinda con champán y cómo no, se elabora esa vieja lista: la de los nuevos propósitos que traerá consigo el año nuevo.
Yo caigo también en eso, como casi todos. Es posible que en el 2009 escriba más aquí, pero como por el momento no tengo internet en casa, pues no me veo capaz de prometerlo. De todas formas... a quién le importa, digo yo.


El caso es que pasada la medianoche me he situado frente al ordenador y como no se me ocurría nada mejor que hacer, me he puesto a escribir estas líneas como quien no quiere la cosa, como un modo distraído y relajado de echar el rato. Debe de ser que me sobra el tiempo en este parón navideño. Debe de ser que antes actualizaba más el blog porque la Navidad duraba todo el año, porque el tiempo me sobraba todo el tiempo (valga la redundancia). Debe de ser que antes era antes...
No soy un tipo que se incline fácilmente por la nostalgia, más bien al contrario...
Y sin embargo, ahora me doy cuenta de que echo de menos tener tiempo, no hacer nada, dejar pasar la vida dulcemente entre un libro, una película o un daiquirí fresquito con su playa y su hamaca en Varadero. Como dice un buen amigo mío, igual es que me estoy haciendo mayor. Qué horror.
Bah, menos llanto y más acción. Me voy a leer un libro. Feliz año nuevo y esas cosas.

martes, 28 de octubre de 2008

Frutos laborales

Ayer arrancó la serie en la que escribo últimamente. Ayer a las 17:05 de la tarde "Estados Alterados. Maitena" tuvo su primera emisión. Las cosas fueron bien. Un 9% de audiencia para una cadena como La Sexta, que está en torno al 6´5%. Para comenzar es muy buen bagaje. Veremos si la cosa marcha igual el resto de la semana y el próximo mes. Sería lo suyo. Ojalá nos renueven.
A todos aquellos que la visteis por amistad o cariño hacia mí, os lo agradezco infinitamente. A los que no la visteis, os invito a hacerlo. A muchos no les gustará, a otros les encantará, pero hay que decir que se ha hecho con cariño infinito y tratando de sacar el mejor resultado.




906.000 personas, según los índices de audiencia, siguieron la serie. No está mal la cifra aunque no dé vértigo.
Y aunque ayer no hubo sketch mío, entendí que cuando lo haya, mi trabajo habrá llegado de nuevo a más gente de lo que nunca soñé. Es la parte buena de la televisión., algo a lo que no me acostumbro. De la parte mala no hablaré, porque no es plan de tirar piedras sobre mi propio tejado y porque la mayoría ya lo sabéis.
En fin, que espero que os haya gustado. Saludos

miércoles, 15 de octubre de 2008

La caída del Imperio Romano

Tarde o temprano, todos los imperios se derrumban. Es ley de vida. Con ellos suele caer algo más que el poder político, territorial y económico; con ellos suele caer, sobre todo, un modo de vida.
Aquí, en Occidente, asistimos en estos días al derrumbamiento del Imperio más poderoso que jamás haya existido.
No me refiero, como muchos supondrán, a los Estados Unidos, país que nunca ha sido el Imperio en sí, sino más bien el encargado de soportar los laureles augustos de este o dicho de otro modo, el César o el Emperador, que regía los destinos de algo mucho más grande: nada más y nada menos que el Capitalismo, el Liberalismo o como lo quiera llamar cada uno.
El caso es que desde la caída del gran enemigo (la extinta y añorada por muchos, Unión Soviética) el Imperio, al verse libre de un contrapunto amenazador, dio rienda suelta de la manera más salvaje a sus íntimas contradicciones, al fondo inhumano de su credo. Caído el sovietismo (que no el comunismo o marxismo), otros enemigos se alzaron ante su rostro. Así, con la tragedia de las Torres Gemelas el Emperador decidió aplastar cualquier movimiento que pudiera amenazar no su poder político o religioso, sino territorial y económico.


Lo que ocurre es que el tiro les salió por la culata y eso que de tiros siempre habían sabido mucho... Un nuevo gigante, que apenas brillaba desde el atraso que se le presuponía, un pueblo Bárbaro, iba trabajando mientras en su intención de suplantar al César y su Imperio. Ese gigante se llamaba China y contaba con algo que el Imperio no tenía: fuerza productiva, mano de obra, trabajo.
El error final del Imperio, el que está provocando un colapso burocrático y financiero definitivo es tan sencillo que no han sabido verlo: el Capitalismo no puede subsistir sin sovietismo, lo necesita. Al vencerlo acabó consigo mismo. El miedo desapareció y con él, desparecieron los frenos que el sistema se había impuesto por miedo a la Revolución. Desde 1991 hasta este preciso instante, Occidente ha creído que el dinero generaba dinero, que la especulación generaba dinero y que la fuerza productiva, la mano de obra, eran algo innecesario. Pensaban que podían sustentar su poder en la superioridad militar únicamente. Grave error. Al quitarse la careta social que le obligaba a llevar el miedo al "comunismo", se precipitó la caída.


No obstante, y por finalizar con el paralelismo romano, no podemos olvidar que en todos los Imperios y especialmente en el que nos ocupa, siempre hubo un poder oculto, un poder que estaba muy por encima del augusto: la guardia pretoriana, es decir, los bancos. La guardia pretoriana siempre ha puesto y quitado emperadores, los ha asesinado a conveniencia apoyándose en el poder militar y ha mantenido una relación preeminente con respecto a las decisiones del Imperio. Una vez más (la historia se repite) es la Banca, los pretorianos del sistema, los que han asestado la puñalada definitva al Imperio.
El mundo ha cambiado, es un hecho. Obama quiere que el estado meta mano, hasta el caudillo neoliberal Bush quiere que el estado meta mano. Ha nacido un nuevo orden en el que los chinos tienen demasiado que decir. El futuro es incierto, pero no podemos olvidar el viejo axioma "A rey muerto, rey puesto". Qué nuevo Imperio, César y guardia pretoriana ocuparán el puesto es lo que falta por dilucidar. Lo único claro es que el viejo orden ha caído y está brotando uno nuevo. A dónde nos conducirá, es harina de otro costal.

lunes, 29 de septiembre de 2008

Por Ópera

Dirección a Madrid, calle Morería, al lado del Puente de Segovia, cerca del Palacio de Oriente... buen sitio. Alquiler no muy caro a espera de subvención que lo abarate cuanto más, mejor.
Me mudo, otra vez a Madrid. El 1 de noviembre, este trapecista que les habla, escribirá sus post desde su reluciente (no por la luz precisamente) estudio. Ha sido una búsqueda corta en la que he descubierto la especlación de los arrendadores y las dificultades económicas que uno ha de pasar si decide liar el petate y tirar para la capital del reino. Ahora llega la incertidumbre de abandonar un tipo de vida, esa alejada del bullicio en Brunete e iniciar una nueva, en el meollo de los meollos, donde se mueve todo, aunque a un ritmo frenético y poco saludable. Tengo ganas, ganas de Madrid, de cafés, de teatro, de tertulia, de juerga, de cine, de independencia.


No se me malinterprete. Yo con mis padres siempre estuve muy a gusto, pero uno creció y consideró, llegado el momento, volar libre, con las alas desplegadas y la ropa sucia esperando para que conectes la lavadora. En eso sigo y no está mal. Es ley de vida, supongo. Aún queda un mes, pero ya me siento de otra forma, como cercano a esa ciudad que me vio crecer y de la que me escabullí en plena adolescencia para arribar a otras costas de las cuales siempre guardaré un infinito cariño a pesar de los pesares. No me desvinculo de Brunete; sigo teniendo allí un grupo de teatro, una familia, una perra, amigos del alma y muchos recuerdos. Lo que ocurre es que ahora, tendré todo eso, pero cerca de Ópera, desde la cual, todo queda más cerca, incluido Brunete. Los amigos ya lo sabéis: ahora también tenéis casa en Madrid, pero de uno en uno, que el estudio es chiquitín comparado con el piso en que vivía antes.

viernes, 19 de septiembre de 2008

Cambios

Nada es perfecto, nadie es perfecto... ni siquiera la vida. Hay cosas que están bien o lo parecen y de repente dos paletos que no saben hacer la "o" con un canuto vienen y las joden. Cést la vie, que dirían los franceses.
Me he cansado, al fin, de la vida en Brunete; un pueblo al que he querido y quiero, pero que está tan lleno de serpientes venenosas, tan superpoblado de miserables con lazarillo pistolero, que empieza a resultar un imposible el andar por las calles sin que alguno de esos reptiles te muerda e inyecte veneno. Por demás, la ineficacia de los poderosos, la soberbia de los delincuentes, el tufo a pescado podrido de la guardia pretoriana han colmado la paciencia de este servidor que les escribe. Ahora, por primera vez en mucho tiempo, echo de menos Madrid, mi Madrid, esa ciudad incivilizadamente civilizada en la que ir al cine, respirar cultura o decir lo que venga en gana, está al alcance de la mano.


Desde hace una escasa semana, apenas días, he iniciado ese temido momento que todo joven marca en el horizonte: buscar piso... De alquiler, claro, no vayamos a joder. Los precios andan por las nubes en la capital del reino de España. He encontrado una cosilla por 500 euros, pero no sé si será definitiva: gano bastante y tengo algo ahorrado de otras series, sí, pero no sé cuanto va a durar la nueva: la televisión es así.
No obstante, como decía un genio limpiabotas, nunca se ha escrito nada de cobardes (mentira, claro, como todas las genialidades) y he decidido tirar para adelante. Ya no hay vuelta atrás. El horizonte es difuso, pero es (en el sentido existencial de la palabra) por primera vez en mucho tiempo. Como decía la semana pasada, toca tirarse al ruedo. Madrid me espera y espero que no sea por mucho tiempo. Salud.

viernes, 12 de septiembre de 2008

Al ruedo

Es muy tarde, más de las cuatro de la mañana. Acabo de terminar un guión para la serie en la que trabajo y llevo un ducados por la mitad. De repente, un pensamiento me sobreviene: hace mucho que no escribo en el Blog. ¿Por qué será? Vaya usted a saber...
El verano muere en las manos del granizo, la lluvia y las fiestas patronales de los pueblos. En Brunete flota un holor de churros, vodka y fuegos artificiales. Artificiales, sí, como todos los fuegos de colores.
Llevo varios días con un pesar hondo, del que en mayor o menor medida he dado cuenta en este blog. Desde que trabajo, desde que cumplo años y voy a la playa a descansar, noto que algo se ha escapado. No diré que la juventud porque eso sería un insulto a los menos jóvenes.


El verano se me ha escapado de las manos como arena fina. Hace algunos años recorría los pueblos de España, las fiestas, las ciudades. Hace no mucho me emborrachaba y vivía de las anécdotas y las locuras estivales durante meses. Hace no tanto -aunque pareciera que son siglos- no paraba. Ahora escribo y escribo. Ahora, a veces, estoy cansado y no me apetece salir. Qué cosas.
En ocasiones siento un gran desasosiego, otras veces experimento cierto orgullo. La pregunta es clara: ¿estoy mejor que antes? Pues lo peor de todo es que no lo sé. Lo único que tengo claro es que estoy en otro estadío; si es mejor o peor que el anterior, sólo el tiempo lo dirá... o no. En cualquier caso ¿qué más dará? Simplemente es lo que toca y con eso hay que avanzar. Ale, al ruedo... llorón. Cigarro concluido. A dormir, que mañana madrugamos.

lunes, 25 de agosto de 2008

Cumpleengaños

Hoy cumplo engaños. Cómo pasa el tiempo, señor. Hace nada era un niño de siete años que jugaba a las chapas y se sentaba en el recreo a ver el color de las bragas de las niñas mientras saltaban a la comba. Los años pasan, todo llega y lo nuestro, como dijo el poeta, es pasar, no sé si haciendo camino sobre la mar, pero caminando.
A mí no me entusiasma esto de añadir números en el carnet de identidad, no me seduce, ni siquiera cuando era menor de edad sentía prisa alguna por hacerme mayor (qué horrible suena eso), pero el 25 de agosto de cada año llega tarde o temprano, no hay más remedio, es así. Luego pasa y ya tienes un año más y lo que deseas es que el próximo agosto se postergue, aun a sabiendas de que eso es una quimera, de que todo se puede detener menos el tiempo.


Me voy unos pocos días de viaje, no por celebrar nada sino porque con lo del curro no he tenido apenas vacaciones y me apetece un poco de distracción, relajo y descanso. La tranquilidad de la playa, el sosegado murmullo del mar, el pescaíto frito y todas esas cosas no están de más, sobre todo si, como es mi caso, me voy a descansar sin abandonar el curro, es decir, que me cambio de enclave laboral pero no dejo de darle a la teclita.
Una de las cosas que más me emocionan, tal vez la única, de esto de los cumpleaños es que hasta ahora, sobre las once y veinticinco de la mañana, me han llamado un montón de amigos y familiares. Que se acuerden de uno siempre es agradable. Muchas gracias a todos. Toca soplar las velas y pedir un deseo .
¿Qué será, será? Cuando lo sepa os lo cuento.

domingo, 10 de agosto de 2008

La canción de Peter Pan

Llevo un fin de semana de encierro, escribiendo mucho aunque no demasiado inspirado. Extramuros hace calor, y no sé por qué en el aire de fuego se ha instalado el silencio. Supongo que la gente sale de casa cuando cae la tarde a tomar una cerveza fresca y unos pinchos, aunque puede que no sea así y este tan sólo sea un verano olímpico separado de sí mismo por un muro infranqueable de hipotecas, crisis, golpes de estado y tristezas varias. Puede ser también que a causa del intenso trabajo en la última serie me haya quedado un poco al margen de la juerga veraniega, que hasta ahora había sido mi segunda residencia.
La impresión que tengo es que la vida se ha serenado y no sé si eso es bueno o malo. Por un lado, noto que fluye mansamente, que disfruto de la escritura, la lectura y el cine. Por otro lado, me da la impresión de que ya no soy un niño encerrado en un cuerpo tardoadolescente y claro, eso me asusta. Dentro de apenas dos semanas, cumpliré años. Qué rápido se pasa el tiempo...


¿Sueno melancólico? Tal vez sí. Sé que muchos pensarán algo así como: Dios mío, no tiene ni treinta años, quién los pillara ¿de qué coño se queja este?
Entiendo ese razonamiento pero todos somos hijos de nuestras circunstancias y las mías son las que son. Siempre me he visto llamado por la canción de Peter Pan, aquel niño eterno que veía cómo los demás se hacían viejos mientras él se dedicaba a volar los fines de semana en busca de su sombra y dejaba los días laborales para esa lucha entre pueril y romántica con el Capitán Garfio, que era algo así como la lucha entre la generación de los hijos y los padres. Cada uno tiene sus complejos: unos se quieren follar a la madre, otros matar al padre, algunos las dos cosas y los de más allá ponerse corbatas porque la tienen pequeña (gilipolleces freudianas). Yo sólo quiero seguir siendo un niño, pero me da la impresión de que, en contra de lo que nos dijeron de pequeños, querer no siempre es poder. Qué pena. Y no os creáis que estoy triste; es sólo que no sabía de qué hablar. Saludos.

domingo, 3 de agosto de 2008

Remedio

El viernes pasado tuve boda. Otra más, después de la del 13 de junio de mi amiga Noemi. Esta vez se casaba Jorge, un buen amigo del instituto con el que hice muy buenas migas y que protagonizó el primer corto que servidor rodó, hace ya cinco añitos (cómo pasa el tiempo).
El caso es que me he dado cuenta de que las bodas y yo somos incompatibles. La jodida barra libre me pierde y claro, me entrego al gin tonic y pasa lo que pasa. Como beber me gusta, he decidido dejarlo durante un tiempo (no para siempre) y madurar un poco, que falta me hace, porque aunque no me arrepiento de mis juergas, me empiezo a cansar un poco de ellas y a descubrir, ahora que las cosas empiezan a irme estupendamente, que en la vida hay otras cosas que también están muy bien, oiga.


Digo lo de que me va muy bien porque hace como cuatro días, (no me gusta estar ni un mes en paro), me nombraron oficilamente guionista de una nueva serie que se está preparando para la sexta. Ya os daré más detalles cuando pueda y os haré firmar un contrato para que no os la perdais nunca. Esta nueva oportunidad laboral me ha dado fuerzas, ha despejado el futuro nebuloso que se dibujaba ante mí (qué le voy a hacer, soy un poco agonías, ya lo sé) y me ha dado un importante chute de optimismo para afrontar los tiempos venideros. Nunca pensé que la ausencia, por muy corta que fuera, de trabajo estable (más o menos estable, tampoco nos engañemos) me haría tanto mal. Escribir series no es mi única meta pero estaba en un momento en que lo echaba de menos, aunque fuese un mes en dique seco solamente.
Este verano está siendo raro y prolífico. Todo parece marchar sobre ruedas, pero luego llega una boda y... ay, señor. No tengo remedio... O sí. En eso ando, en estar más sereno y disfrutar tranquilamente de la vida, porque tiene cosas cojonudas. A por ellas, pues.

miércoles, 23 de julio de 2008

La vida en negro

Ahora que acaba de terminar la XXI Semana Negra de Gijón, aprovecharé para hablar un poquito de ese género, el negro, que tanto me agrada leer y escribir y que tan altos y espectaculares autores ha dado.
Durante demasiados años, la novela negra fue considerada algo así como un folletín barato de kiosco de periódicos. La crítica la relegaba a un quinto plano y rechazaba su estilo directo, violento y a menudo, descarnado. Se prefería la novela de misterio más descafeinada, en la que el crimen era lo importante y descubrir al asesino el objetivo. Se prefería un tipo de novela en el que un ambiente burgués era el telón de fondo, unos personajes refinados y aristocráticos los protagonistas y la estructura narrativa una trampa en la que en el último momento aparecía el cortauñas que delataba al mayordomo. Así Agatha Christie, Poe, Georges Simenon o Conan Doyle reinaban en el panorama policíaco con novelas entretenidas, bastante bien escritas (en algunos casos perfectas), pero simples en cuanto a la disección de la sociedad que les rodeaba. Conste en acta que a mí me divierten mucho ese tipo de novelas y algunas me parecen cojonudas.


Pero a principios de la década de los treinta y finales de los veinte surgió un tal Dashiell Hammett, que revolucionó con su literatura viva, desgarrada y dura el panorama de la novela de crímenes. Con él surgía un nuevo género o subgénero, según el gusto del consumidor, que en un principio, si bien contó con el apoyo del público, pasó desapercibido para los ambientes selectos de la literatura.
No obstante, el tiempo puso las cosas en su sitio y al cabo de unos años aparecieron gentes como Raymond Chandler, James M.Cain y otros, que continuaron la senda abierta por Hammett cada uno por su lado.
La novela negra aportó algo fundamental. A parte de un estilo fuertemente influido por la estética cinematográfica, asuntos como la lucha de clases, la corrupción capitalista, la crueldad humana y los desfavorecidos por la sociedad irrumpieron en la temática novelística como marco en el que se desarrollaba la investigacion del crimen. Este hallazgo, combinado con la técnica narrativa más redonda de la literatura del XX, consiguieron, con ayuda del cine, que la novela negra se instalase en el subconsciente colectivo y alcanzase el lugar que le correspondía.


Los tentáculos de este género fueron expandiéndose hasta llegar, tarde como siempre, a España. De esta forma Juan Madrid y Manuel Vázquez Montalbán son, quizá, los dos máximos exponentes patrios, algo así como el Dashiell Hammett de la Barceloneta y el Chandler de Malasaña.
Ahora la novela negra gana adeptos por momentos, es conmemorada e incluso tiene en la Semana Negra de Gijón un referente español e internacional de gran calado. Para mí siempre ha sido un placer leer novela negra, es el estilo con el que más identificado me he sentido tanto formal como ideológicamente. Quizá por ello, en estos momentos y desde hace unos diez meses, me hallo inmerso en la redacción de una novela negra. El camino está siendo duro pero me lo paso en grande, disfruto como un niño con su primer caramelo y por primera vez encuentro una voz, un género, que me permite distanciarme de mí mismo, reírme de casi todo, ser cruel, ser tierno, parecer cínico, deslizar píldoras de marxismo, enfrentarme a los fantasmas y llenarme de frivolidad. No está mal. La novela negra al fin y al cabo, siempre fue una excusa perfecta para condensar todo lo que a uno le viniese en gana. Ahí está su fuerza, en que el autor sale al mundo y cuenta lo que está pasando con el barniz del entretenimiento. En eso y en que dio bajo mi punto de vista a algunos de los mejores escritores de todos los tiempos.

domingo, 13 de julio de 2008

Crisis

Hay crisis, madre mía. Cojan los fusiles, llenen la nevera, atiborren la despensa de latas de conserva, de spaguetti y de tomate frito marca Hacendado-Mercadona. Enciérrense en el trastero con los hijos, la abuela y la mascota y jueguen al parchís durante los próximos diez meses. Luego salgan, adapten las pupilas al abrasador brillo del sol, desperecen sus miembros, péguense una ducha, compren naranjas y echen un polvito, pervia depilación, perfumación e ingesta de viagra. Es un plan cojonudo ¿no lo creen?


Habrá quien no lo crea, espero. Este blog y el trapecista que lo firma se declaran acérrimos partidarios de cualquier crisis económica o moral, que sirva para acabar con tanta mierda como merendamos a diario. La gente - hablo de la gente corriente, los trabajadores, llámennos pringados - parece muy afectada por las previsiones del señor Solbes y la subida de los tipos, de la comida, de la hipoteca y de la cuenta bancaria de Florentino Pérez. "Qué pena, nos van a quitar lo nuestro, lo que con tanto esfuerzo hemos conseguido" me dijo el otro día la novia de un amigo.
Sin embargo no todo lo que reluce es oro. Quizá esta crisis, como siempre, vaya a putear a los humildes, quizá en un principio estemos abocados a sufrir las inclemencias del temporal económico, quizá. Ahora bien, si intentamos hacer el ejercicio ocular de mirar al fondo del túnel, puede que advirtamos una luz que fulge anunciando tiempos mejores.


Todo esto que digo es una utopía, ya lo sé, pero quizá esta crisis sea tan profunda como imparable y necesaria. Tal vez esta crisis conduzca al caos social, a la desesperación común y los que estamos embobados, decidamos levantarnos a reclamar lo que en buena lid nos pertenece, o más bien, lo que no les pertenece a ellos: los señores del mundo, ese nido de víboras con intenso a olor estiércol que llamamos bancos, grandes empresarios, lobby de poder, ejércitos, capitalistas, asesinos. Tal vez esta crisis esté cavando la fosa del monstruo capitalista... pero no lo creo.
Lo que creo es que me han reducido lo suficiente para no ser optimista. Por eso me da que esto en realidad no es una crisis sino una artimaña del sistema para quitarse los quistes y volver con renovada fuerza ahora que no hay enemigo, una vez la URSS cayó. Creo que no hay contrapoder, que nos han vencido (por ahora) y que si alguien se tirase al monte encontraría allí la última sucursal de McDonald´s, con la hamburguesa de ciervo con salsa de romero a modo de producto estrella. Ojalá me equivoque y todo caiga. Ojalá se desmorone todo y nos despierten y acabemos con esta basura y sea el final de la opresión, que dice el himno.

Ay, tantas palabras y tan huecas. Qué más dará. Ayer fue un día cojonudo y hermoso, con eso me basta de momento. Dichoso yo.

viernes, 4 de julio de 2008

La mordaza

La vida es muy extraña o eso parece. Ayer, después de mucho tiempo me reuní con los amigos de La Tertulia, grupo que formamos hace años un puñado de personas residentes en Brunete hartas de la pasividad del pueblo y la escasez de oferta cultural que padecía y padece.
Ayer vino Rubén, que se fue a vivir hará un par de años a Alicante y con la excusa de verle nos juntamos como antaño los componentes que aún andamos por aquí. Estuvo bien porque recordamos los viejos tiempos y recuperamos aquella complicidad añeja que tantos buenos momentos produjo.
Digo que la vida es extraña porque hoy me he levantado con la reflexión de que en aquella época, contaría yo con diecisiete años, era más activo, me movía más, experimentaba el hambre voraz del aprendizaje y la creación. No es que me haya abandonado ese apetito, pero ahora todo se presenta menos movido, como si una cierta quemazón me anquilosase y redujese las fuerzas y el ánimo; soy víctima de mi propia mordaza en un momento en que debería querer comerme el mundo.


La cosa es cambiar y volver a ser aquel muchacho con curiosidad creciente y ganas irreductibles de dinamitar los cimientos de mi cultura para generar una cultura mayor, el afán creativo, el espacio común.
A veces tengo la impresión de que el sistema me ha vencido y que ahora sólo pienso en ganar un dinerito que me permita pagar los vicios, sufragar los viajes y acaparar libros. Grave error, supongo.
Llevo un mes extraño, con cambios vitales profundos que han ido a morir en una nueva manera de relación con los demás, conmigo mismo y con el medio que me rodea. Hay que aprender a conocerse y a conocer a las personas que quieres y ese conocimiento sólo se puede dar enmarcado en un constante movimiento.
En ello estamos y para ello empiezo a trabajar. Espero que el resultado sea satisfactorio.

lunes, 30 de junio de 2008

Agua de borrajas

Pues ha sido un pelín decepcionante lo de Valencia, para qué negároslo. Ni tiré de la cadena ni salí mucho ni me emborrache ni valencianas ni nada. Muy al contrario, ocupé mi tiempo entre las cuatro paredes de mi habitación del hotel (que eso sí, era muy confortable) escribiendo, pensando, viendo series de televisión y perdiendo el tiempo gloriosamente.
Quizá sea cierto aquello de "al lugar donde has sido feliz, no debieras tratar de volver" o quizá es que he tenido mala suerte. Todo empezó mal, cuando mi querido amigo Josito Montez (recomiendo la lectura de su blog) se quedó sin habitación y hubo de volverse a Madrid. Para más desgracia esa misma noche, España ganó a Rusia y las huestes descerebradas de los patriotas ultraderechistas valencianos salieron a la calle con sus banderas estampadas de aguiluchos franquistas y demás simbología inframental. Huérfano como estaba, decidí quedarme en Valencia para ver si le daba un arreón a mi novela.



La novela no la toqué mucho, pero el segundo día bajé a la calle y entré en la Casa del libro, donde compré un par de libros, entre ellos el poemario Hebras de sol de Paul Celan, que se desveló como una auténtica joya. El caso es que tras mucho tiempo de abandono mutuo, me reconcilié con la poesía y he vuelto a escribir algunos poemas y a experimentar el intenso afán por crear.
La escritura, en fin, me salvó una vez más del tedio, arrebatándome por momentos de las garras de esta tristeza crónica que parece tener visos de depresión. Es curioso, pero siempre he considerado que la tristeza, la depresión o cualquier forma permanente de decaimiento es algo inmoral, que responde más bien a una pose que vende libros, películas, interés y orgías sexuales. He desconfiado toda mi vida de la gente triste porque me han parecido siempre o malas personas o unos imbéciles con menos interés que las clases de trigonometría. Es decir, que debo de ser un imbécil (mala persona no creo) y poco interesante. Qué más da.


El caso es que me he quedado un poco con la miel en los labios y un viaje que se prometía feliz y vibrante se ha quedado en agua de borrajas. De todas formas, pretendo seguir en el empeño de acabar con esta gilipollez vital que me corroe, levantarme, darme un buen par de hostias para espabilar y echar a andar hacia ninguna parte, que como todos sabemos, es el mejor lugar del mundo, algo así como el paraíso.

martes, 24 de junio de 2008

Que tiemble Valencia

El año pasado, en torno a estas mismas fechas, acudí a una cosa un tanto rara llamada Ibertalent, que, se supone, aspiraba a reunir activos fundamentales para el futuro del incipiente cine latinoamericano. Se trataba del Primer Encuentro de Jóvenes Talentos Iberoamericanos del Cine.
Tras el rimbombante nombre y la presuntuosa intención del Ibertalent se escondía la nada. Aquello era una excusa para gastar el dinero de las subvenciones de la Junta de Valencia y una oportunidad cojonuda para desparramar, beber agua de Valencia y conocer las noches de la Ciudad del Turia. Para más Inri nos metieron en un hotel de cuatro estrellas que era la hostia, nos pagaron el viaje y varias comidas. Los cuatro días que pasamos allí fueron inolvidables. Desde entonces, quise repetir la experiencia.


La vida, a veces, es irónicamente concesiva y como por arte de magia, cayó en mis manos hace poco la oportunidad de regresar a Valencia, esta vez como invitado al Cinema Jove, el festival de cine de la ciudad. Al parecer el hotel es tan bueno como el año pasado, es probable que nos den unas dietas y credencial para ver las películas. Vamos, que es un chollo para un tipo como yo al que le gusta el cine y la juerga y el agua de valencia y el lujo, para qué negarlo. Porque el lujo me gusta, como a todos, si es en vaso corto y a traguitos.
Para allá que voy, con el portátil, un par de libros y la sed de vida desatada, ahora que mi vida no se sabe muy bien si es vida o sucesión de imágenes y recuerdos para el archivo.
Me lo voy a pasar bien porque ya es hora, porque -qué coño- me lo merezco y las tristezas varias se van por el sumidero cuando tenemos la gallardía de tirar de la cadena, cosa nada fácil, pero necesaria. Que tiemble Valencia (como tembló el año pasado).

martes, 17 de junio de 2008

Noches de Bodas

El pasado viernes estuve en una boda. Era esta una boda distinta a las demás porque la contrayente a parte de ser muy buena gente, es mi amiga. Acostumbrado como estoy a bodas de primos terceros a los que jamás he visto o a amigos de parientes, el evento del viernes adquirió un sentido completamente distinto. Es verdad que otra amiga mía, Carmen, se casó hace un par de años, pero aquello fue más bien una reunión de veinte amigos cenando a la salud de otra amiga.
La boda de Noemi fue un lujo. Me lo pasé en grande, aunque bien es cierto que bebí en exceso (cómo no) y de ello resultó un corte en la mano y una terrible resaca no exenta de lagunas de tiempo.


El caso es que para alguien que abjura constantemente de esta clase de compromisos sociales, que se aburre mortalmente con todo lo que huela a burocracia y que considera que lo de casarse es algo más propio de hace cuarenta años que de este momento, la sesión del otro día supuso un severo correctivo. Fui feliz contemplando la felicidad (valga la redundancia) de Noemi, de sus padres y su familia (a la que siento como mía propia) y de los invitados. Les deseo a los novios lo mejor, porque se lo merecen y porque les quiero.
Y a aquellos que como yo, pensáis que las bodas pueden ser un coñazo, os digo que siempre hay excepciones que confirman la regla y que cuando un amigo se va, algo se muere en el alma; pero que cuando se casa, algo florece y los gin tonics saben mejor y en estos días horribles que uno atraviesa, se vislumbra una salida al fondo del túnel.
Por cierto que el sábado, resacoso como ya he dicho, tenía actuación en un pueblecito llamado Quijorna. No salió mal, aunque vino muy poca gente a vernos. No obstante, la noche que sucedió a la actuación, fue sin duda, una de las mejores noches de mi vida, si no la mejor. En estos tiempos de tristeza, este fin de semana supuso un oasis hermoso. Lástima que lo bueno, no sé por qué, no dure más.
Como decía la canción: que todas las noches sean noches de boda, que todas las lunas sean lunas de miel... Así fueron la del viernes y la del sábado. Dichoso yo.

jueves, 12 de junio de 2008

La conjura de las sanguijuelas

Estoy hasta los cojones, con perdón. Ahora resulta que el Parlamento Europeo quiere que la jornada laboral pueda ampliarse hasta 65 horas semanales.
Es lo que nos faltaba ya por ver. En medio de una crisis absoluta del capitalismo, las polillas de los sillones parlamentarios en lugar de tratar de darle una salida a la situación que defienda a los trabajadores y mejore sus condiciones de vida, optan por acularse en tablas y en lugar de avanzar hacia un modelo económico más social y sostenible, aboga por el regreso a las condiciones laborales de la Revolución Industrial. Por fin se han quitado el antifaz.


Sesenta y cinco horas semanales hacen, en caso de librar un solo día a la semana, una media de más de diez horas diarias de curro. Nos hemos vuelto locos, es evidente. Los derechos conquistados con la sangre de los sindicalistas y el proletariado saltan por los aires mientras los camioneros hacen huelga, el petróleo se dipara y los jerifaltes económico se frotan sus repugnantres manos.
Esta es la consecuencia, quiera la gente o no quiera verlo, del fin de la Unión Soviética. Caído el Muro, las sanguijuelas capitalistas, las hordas de parásitos que se llenan la boca hablando de libertad, tienen vía libre para conjurarse y chuparle la sangre a la gente. Qué vergüenza, qué descaro.
Lo que no puedo comprender es que esta medida no haya suscitado una auténtica Revolución social. Nos están robando, nos están engañando, llevan décadas, siglos, milenios explotándonos y ahora, desarticulados todos los tejidos sociales, han conseguido algo que parecía imposible: dormir a la gente.


Esto es una mierda, señores. aunque por un lado tiene un aspecto positivo para mí. Cuando algún liberal me hable de que cobra poco, de que la sanidad es una mierda o algo por el estilo, le voy a mandar diez calles para arriba, dirección al estercolero. Ya está bien de soplapolleces. Aquí hay que llamarle al pan, pan y al vino, vino; y aquellos que se ponen del lado del explotador, del delincuente, del asesino son cómplices (también serán libreopensadores, no digo que no, pero librepensadores cómplices, qué horror).
Esto cansa y hoy, una vez más, reivindico el socialismo (el comunismo) como único modo de libertad total, de plena emancipación. Y el que me salga con Stalin o con Pol Pot que se entere de una puta vez que eso de comunista tiene tanto como el liberalismo de democrático, es decir, absolutamente nada.

lunes, 9 de junio de 2008

Pablo escribía para amantes del trapecio

A veces, no siempre, lo que otros escribieron parece que lo escribieron por uno. Espero que no se me tenga muy en cuenta el reproducir aquí un poema brutal y hermoso del maestro Pablo Neruda, que refleja lo que este trapecista siente, este cansancio vital.


Sucede que me canso de ser hombre.
Sucede que entro en las sastrerías y en los cines
marchito, impenetrable, como un cisne de fieltro
navegando en un agua de origen y ceniza.
El olor de las peluquerías me hace llorar a gritos.
Sólo quiero un descanso de piedras o de lana,
sólo quiero no ver establecimientos ni jardines,
ni mercaderías, ni anteojos, ni ascensores.
Sucede que me canso de mis pies y mis uñas
y mi pelo y mi sombra.
Sucede que me canso de ser hombre.
Sin embargo sería delicioso
asustar a un notario con un lirio cortado
o dar muerte a una monja con un golpe de oreja.
Sería bello
ir por las calles con un cuchillo verde
y dando gritos hasta morir de frío.
No quiero seguir siendo raíz en las tinieblas,
vacilante, extendido, tiritando de sueño,
hacia abajo, en las tapias mojadas de la tierra,
absorbiendo y pensando, comiendo cada día.
No quiero para mí tantas desgracias.
No quiero continuar de raíz y de tumba,
de subterráneo solo, de bodega con muertos
ateridos, muriéndose de pena.
Por eso el día lunes arde como el petróleo
cuando me ve llegar con mi cara de cárcel,
y aulla en su transcurso como una rueda herida,
y da pasos de sangre caliente hacia la noche.
Y me empuja a ciertos rincones, a ciertas casas húmedas,
a hospitales donde los huesos salen por la ventana,
a ciertas zapaterías con olor a vinagre,
a calles espantosas como grietas.
Hay pájaros de color azufre y horribles intestinos
colgando de las puertas de las casas que odio,
hay dentaduras olvidadas en una cafetera,
hay espejos
que debieran haber llorado de verguenza y espanto,
hay paraguas en todas partes, y venenos, y ombligos.
Yo paseo con calma, con ojos, con zapatos,
con furia, con olvido,
paso, cruzo oficinas y tiendas de ortopedia,
y patios donde hay ropas colgadas de un alambre:
calzoncillos, toallas y camisas
que lloran lentas lágrimas sucias.

jueves, 5 de junio de 2008

Con la música a otra parte

Demasiados días nublados, dijo el pasado sábado una señora que paseaba buscando el último de Antonio Gala en la Feria del Libro de Madrid. Era verdad; el cielo amenazaba lluvia entre el gris intenso, oscuro y melancólico de sus entrañas. De pronto cayeron unas gotas, no muchas. Los paraguas se desplegaron y yo, que como siempre no llevaba nada con lo que cubrirme, hube de esquivar no sin esfuerzo la selva que se abría.
Había ido a la Feria a ver a Juan Madrid para que me diese unos ejemplares de su novela. Me encontré con Sarita, su mujer, y nos fuimos a tomar un café porque Juan aún no había llegado. Al rato volvimos y le encontramos firmando sonriente, aunque me dio la sensación de que no parecía encontrarse muy a gusto entre sus propias obras, por lo que se esmeraba en degustar el efecto de los coñacs que se había metido entre pecho y espalda en la comida. Le saludé, me dio un cigarro, nos contamos un par de chistes y me despedía de él, de Sarita y de la cuñada de ambos, una sevillana cantante que me hacía muchas preguntas sobre cómo se escribe una novela... como si yo supiera algo.


La lluvia había amainado, los paraguas regresaban a su posición primitiva y ya que estaba por allí, me dije que tal vez sería bueno hojear algunos libros y enterarme de las últimas novedades. Sin embargo una extraña pereza, tal vez una premonición, hizo mella en mí, así que decidí irme con la música a otra parte, a Las Ventas, por ejemplo. Eché a andar y llegué al cruce que divide la zona de la doble hilera de casetas con la zona de una sola hilera. Allí hay un kiosco que ponen solamente para la feria.
Avanzaba velozmente con la esperanza de salir del Retiro antes de que volviese a llover, pero una voz me arrancó de ese sueño. Era una voz tan conocida que prácticamente es mi voz a estas alturas. Giré y allí estaba, sonriendo, con un tipo al que ya conocía de un par de veces más.
Es curioso, a veces, cuando te encuentras con el pasado (el pasado en muchos sentidos), te entran ganas de llorar. Yo las sentí, supongo... pero me contuve, tomé una coca cola dignamente y me fui con la música (un bolero en este caso, puede que aquel que se llama "Nosotros") a otra parte.

miércoles, 28 de mayo de 2008

La letra pequeña

Todos los contratos traen letra pequeña: todos, es inevitable. Tendemos -al menos yo- a no leerla por pura vaguería en ocasiones o por simple pragmatismo en otras, puesto que su lectura podría implicar arrepentimiento, miedo, incertidumbre, etc. Con los contratos es mejor vivir en la ignorancia y llevarse una sorpresa de vez en cuando que, es cierto, te puede amargar el día o la semana pero no mucho más.
El contrato que lleva consigo mayor cantidad de disposiciones adicionales en forma de diminutos párrafos a pie de página es el de la vida; porque la vida es un contrato, lo queramos o no, y bastante exigente, opaco, jodido y hermoso.
Es en las cosas importantes de verdad, en aquellas que nos proporcionan buenos y malos momentos en las que menos miramos la letra pequeña. La razón es sencilla: si lo hiciésemos no las llevaríamos a cabo y nuestra existencia se convertiría en un auténtico coñazo.


De esta manera llego a donde quería llegar, al tema por antonomasia, al diapasón que late en el pecho, al brillo intenso en los ojos del muchacho y la muchacha: al amor.
Este blog se llama La puta y el trapecista por la teoría en torno al amor que ya expliqué. Hasta la vida de un célibe es convulsa en amores, en la era contemporánea nos sobra tanto tiempo que caemos en las redes del amor sin leer las contrapartidas y nos arrebatamos y perdemos el juicio y padecemos y vibramos y somos felices y desdichados.
Yo no quiero y nunca quise ser puta, quiero ser trapecista, trapecista sin red; quiero saltar al vacío y confiar en los dedos, en las manos -manos de actriz- de mi consorte trapecista. Y en estos tiempos tan apretados de aburriento, de impuestos, crisis financieras, culebrones de partidos, muertes, terremotos, incendios y sequía, reivindico el saltar sin red y el esperar -no demasiado- a aclarar lo difuso en aras de la felicidad y por qué no, de otra oportunidad de avanzar hacia la sernidad de amar y ser amado.
Y si el contrato del amor trae letra pequeña, suprimirla y vivir, que es tan difícil que tal vez merezca la pena.

miércoles, 21 de mayo de 2008

Pide lo imposible

Sé realista: pide lo imposible. Se conmemora estos días el cuadragésimo aniversario de aquello que dio en llamarse Mayo del 68. Han pasado cuatro lustros y algunos de los principios de aquella revolución popular cobran aún más vigencia que entonces. Otros principios conservan la misma.
El Mayo de París debió de ser un momento de auténtica efervescencia política, cultural, obrera, sexual y libertaria. Me hubiera gustado estar allí y poder contribuir con mi granito de arena en aquellos instantes de magia, de locura maoísta y de surrealismo crónico, que tanta falta le hacía al mundo.
Ahora sólo quedan cenizas de lo que supuso el movimiento del 68. Eso y algunos liberados, antiguos líderes, que cobran un sueldazo en el parlamento europeo defendiendo tesis capitalistas con un toque verde chachiguay. Qué lástima.

No se puede vivir de la nostalgia y menos aún de la nostalgia de lo no vivido. Ya se sabe que cualquier tiempo pasado fue anterior y no necesariamente mejor. Ahora bien, cuando se echa un vistazo somero y general sobre la sociedad actual, sobre los colectivos obreros, esudiantes y feministas la cosa arroja un resultado escalofriante. El Sistema nos ha adormecido. El Sistema ha podido con todo y los sueños se han convertido en la gota de aceite perfecta para engrasar del todo la maquinaria capitalista. Ya no hay sueño de justicia, libertad o trío sexual. Es más productivo soñar con un coche de alta gama que se pueda exhibir para envidia de la comunidad vecinal.

Que aquella gente se lo pasara mejor, no importa. Que aquella gente pensara más, es sano. Que aquella gente exigiera lo que deseaba es algo que en estos tiempos no sólo es una utopía sino un motivo de cárcel, al menos social e intelectual.
El planeta se ha simplificado y en eso proceso, la imaginación al poder se ha ido a tomar por culo a cambio del libre despido. Bajo los adoquines sigue estando la playa, pero la van a recalificar para hacer pisos blancos y altos.


Dentro de algunos años, espero que no muchos, nuestra generación comenzará a ver que estaba equivocada. Entenderemos que no éramos hijos de la Revolución Francesa, que no éramos descendientes de los bolcheviques ni de la Ilustración. Entenderemos que habían borrado a nuestros progenitores de un plumazo a base de billetes y sillones parlamentarios.
Comprenderemos que éramos los hijos del 68, pero como pasó en la Argentina de Videla, nos raptaron de nuestros padres y nos entregaron en manos de papá Capital y mamá Televisión, ocultándonos la verdad. Espero que cuando nos demos cuenta no sea demasiado tarde. Eso espero...

lunes, 19 de mayo de 2008

Premios

Últimamente, por una cosa o por otra, voy a muchas entregas de premios, ya sean literarios o teatrales. Estas ceremonias suelen ser un coñazo supino, a no ser, claro, que alguno de los galardones recale en uno. Ahí la cosa cambia, aunque no demasiado. La vanidad del premiado es algo que conviene alimentar si estás como yo en una serie que no te entusiasmao dejando pasar las horas, escribiendo mucho y mal y un poco cansado de la noble ocupación de no hacer nada. Vas, escuchas al Alcalde de turno, a la concejala habitual, subes, recoges el premio, piensas que debería estar mejor dotado económicamente y con las mismas te vas a casa con una media sonrisa y cierta satisfacción autosuficiente y peligrosa.
La otra cara de la moneda es cuando no te dan ni las gracias por acudir. Én ese caso todo se te hace más largo y pesado, el discurso del alcalde y la concejala te hierve la sangre y cuando regresas a casa tienes ganas de tomarte un güisqui y ver una película antigua.


El hecho es que en estas últimas semanas, mi única fuente de ingresos proviene de esos premios literarios (porque los teatrales no dejan ni un duro). No me quejo, desde luego, pero no estaría mal tener algo más seguro, más estable.
El próximo día 21 tengo una nueva entrega. Espero poder decir desde aquí que cayó algo y a los amigos y amigas, invitaros a una cerveza o un güisquito. Y tal vez, después me iré de viaje, quién sabe dónde, que diría aquel señor del bigote ex militante de la LCR.

miércoles, 14 de mayo de 2008

Malos tiempos para lírica

Ya lo sé. Tengo un poco abandonado el blog y no se crean que es por descuido ni nada por el estilo. Simplemente es que a veces a uno no le apetece escribir en esto del blog y prefiere dedicarse a los relatos, la dichosa novela, el dichoso guión y lo que surja, que dirían en los chat.
No obstante, vuelvo con energías renovadas y con la intención de escribir al menos un par de artículos a la semana, que no es poco para un vago redomado como yo.
Desde luego no son buenos momentos para la lírica. En estos últimos días asolan al planeta catástrofes múltiples: terremotos, muertos, atentados de ETA, Marías San Giles, Anas Botellas... Un combinado un tanto amrago, del todo espantoso y terriblemente desolador de cara a lo que habrá de venir.


Otra muy buena es que Estados Unidos, el país de la Democracia y la Libertad con mayúsculas, ha cerrado varias páginas web españolas por hablar de Cuba, le ha negado el visado a gente por asistir a un Congreso de Informática en La Habana y torpedea cualquier atisbo de cese en el Bloqueo económico, político y social al que somete a la isla desde hace decenios. Estos señores de la dministración Bush (y de las anteriores) son un pelín hipócritas y no digo más porque sus madres al fin y al cabo, no tienen la culpa de haber parido semejantes monstruos.
No me quiero ni imaginar si la cosa fuera al revés ahora que en Cuba internet empieza a rular (nunca estuvo prohibido, pero no había pasta para que todos pudiesen acceder). Todos los medios pondrían el grito en el cielo.
Es un mundo raro este. La gente se deja llevar por lo que dicen los periódicos y así nos va. La pena es que tengo amigos, familia y esas cosas y no me atrevo a exiliarme de El País, La Razón, El Mundo y el Público, que si no...

martes, 6 de mayo de 2008

Lejana y sola

Se acabó lo bueno. En Madrid ya, o en Brunete mejor dicho, las mañanas duelen en los ojos, las tardes están huecas y las noches se presentan pelín insipidas para el degustador voraz.
Regreso de esta huelga dulce que han sido las vacaciones, cambiando el traje de turista por el uniforme de foráneo, que queda peor en cualquier cuerpo. El itinerario ha sido largo: empezamos en Jávea, seguimos con Granada, luego llegó Córdoba y finalizamos en Lucena, pueblo paterno al que hacía unos ocho años que no iba.
En todas partes me lo pasé bien. Apenas escribí; sólo un relato que he presentado a un par de concursos. Me dediqué más a la contemplación, la lectura, la buena comida, el buen gintonic y los paseos constantes. Así debiera ser la vida, supongo. La compañía fue inmejorable, como siempre que voy con ella.

Donde mejor lo pasé fue en Córdoba. Ya he hablado aquí, creo, de mi enamoramniento por la ciudad califal, por la sultana que está lejana y sola.
Desconozco el origen de esa pasión, pero el hecho es que de entre todas las ciudades en las que he estado, Córdoba ha sido con diferencia, la que más me ha enganchado. Trato de ir al menos una vez al año, pero entre pitos y flautas, esta vez hacía más de udos años que no iba. La he encontrado tan hermosa como siempre, tal vez algo cambiada por las obras y el resto de zarandajas que rodean las interminables restauraciones de museos, casas, puentes, etc.
Volver en mayo a esa ciudad es una experiencia difícil de explicar al viajero. Hay que pasear por la judería y perderse en las calles blancas, asomarse a los patios y observar los tiestos cargados de geranios y los jazmines enredados por las paredes y el azahar rompiendo el aire con su aroma. Hay que detenerse y escuchar el murmullo del agua que brota de las fuentes. Luego se puede escoger el bullicio y caminar hacia las cruces de mayo, que se esconden en las plazuelas cordobesas y asaltan al caminante despistado con su apariencia de sangre.
También se puede escoger la mezquita, caminar hacia el río y recorrer la muralla que custodia a los siglos del Guadalquivir en la noche coronada por la luna llena.


Ya lo sé. Me pongo repugnantemente cursi cuando hablo de Córdoba, pero qué le vamos a hacer, así es la vida o así soy yo, mejor dicho. Os recomiendo Córdoba, id siempre que podáis, huid de las gitanas con el ramo de romero porque sólo quieren sacaros pasta y comed flamenquines, salmorejo, gazpacho. Bebed fino moriles, pasead mucho, preferiblemente por la noche. Y si no os gusta, haceroslo mirar, porque es un síntoma grave de insesnsibilidad.

jueves, 24 de abril de 2008

Vacaciones

Me voy de vacaciones. Nos vemos después del puente de mayo. Aunque tal vez pueda escribir algún artículo desde mi retiro.
Saludos de trapecista

sábado, 19 de abril de 2008

La Lluvia

Últimamente llueve.
Los agricultores se alegran, los poetas se enclaustran en las buhardillas ávidos de versos y las musas acuden prestas con paraguas. Dicen los que saben de esto que hay y sequía y que conviene que llueva mucho; yo les creo y acato el temporal con la placidez de aquel que disfruta del agua cayendo, del olor de la tierra empapada y de la excusa perfecta para encerrarse en el castillo y echarse a leer y a ver películas antiguas. De vez en cuando viene algún amigo por casa y nos tomamos un güisquito, otras veces no viene nadie y otras aparece mi ángel de la guarda para cuidarme. Cuando me quedo solo y me entra el cargo de conciencia me levanto, arrastro mi cuerpo hasta el ordenador y me pongo un rato a escribir venciendo una pereza endémica y gloriosa. Es una vida cojonuda, vaya.


Todos recordamos las lluvias de nuestra vida y no sé por qué, pero en mi caso, cada vez que haciendo memoria he recordado sucesos de mi existencia, he descubierto que muchos de ellos van de la mano de una lluvia que nunca olvidaré. Las hay de todas clases: lluvia fina, granizada, de chaparrón, de calabobos, de tormenta, etc.
También ocurre que asociamos lluvias con personas. Yo, por ejemplo, en función del tipo de lluvia, en función del momento del día o del año en que el agua cae, recuerdo a una persona importante de mi vida. Toda la gente a la que quiero o he querido, suele tener su sector de lluvia asociado. Es curioso ¿verdad?
Qué cosas...

jueves, 17 de abril de 2008

Los sueños (poema del trapecista)

Vosotros que habéis sido
la luz, el pasto,
los crujidos
que en la noche
aventaban contra el silencio
de las madres tristes.
Vosotros,
como luciérnagas en orillas espumosas
os recostabais al calor de la noche,
con el mullido cantar de los grillos
como colchón remoto,
y esperabais el amanecer
fumando de la vida
en el pliegue de los párpados vencidos
por la dicha
del sexo abierto.
Oh, vosotros,
dignos herederos de Ulises,
oh, vosotros, capitanes.
¿Dónde quedasteis?
¿Por qué tuvisteis que morir
como la paja seca
que el fuego besa
y se evapora?
¿Por qué en mi piel
ya no titila
el murmullo de la sangre
que impulsó vuestra esperanza?
Decidme. Decidme
por qué os habeis desvanecido,
por qué alejasteis de mí
aquel fulgor,
por qué, ahora, sólo soy un hombre viejo.

sábado, 12 de abril de 2008

Lo tuyo es puro...

Con dieciséis años, mientras yo empezaba a descubrir qué era eso de la adolescencia, mis padres decidieron liar el petate y trasladar el centro de operaciones familiar desde de mi Aluche natal hacia un Brunete que por entonces se me antojó un lugar inhóspito y lejano, con reminiscencias de Guerra Civil, de ultraderecha y de viejas enlutadas con el mandil de hacer las croquetas como única nota de color.
El éxodo fue duro en un principio, pero con el tiempo comencé a disfrutar de mi nuevo hogar y a medida que conocía nuevos amigos y vivía experiencias novedosas, conseguí sentirme identificado y a gusto en Brunete.
En todo ese proceso tuvo mucho que ver Villaviciosa, la gente que allí encontré y el grupo de teatro Calatalifa hacia el cual, a pesar de muchas cosas, siempre guardaré un lugar destacado en el corazón. También fue decisivo el nacimiento de la tertulia literaria "La tetera Mágica" donde tuve el placer, la suerte y el honor de conocer a Dora, Paca, Óscar, los Carlos, David, Rubén, etc.
Fueron ellos los que me pusieron en contacto con el Grupo de teatro "Tete ¿por qué lloras?".


El teatro es una de las pasiones de mi vida. He tenido la enorme fortuna de actuar en algunos de los mejores escenarios de este país, pero nunca he sentido el embrujo, la magia y la drogadicción de las tablas con la intensidad experimentada con ese grupo de Brunete, que entonces era de madres sin formación alguna pero con una ilusión desbordante y que, tras muchos trances felices y amargos, terminó deviniendo en Racatá Teatro, nuestro grupo actual, del cual soy director y actor en la medida de mis modestas posibilidades.
Tengo mucho que agradecerle al grupo, cuyo camino ha estado tan poblado de trampas, que supone prácticamente un milagro el hecho de que sigamos luchando contra viento y marea por mantener el número de actuaciones y permanecer en la ilusión de interpretar.
Hace más o menos un año, emprendimos los ensayos de la magnífica obra de Arthur Miller Todos eran mis hijos, que estrenamos el pasado 19 de febrero y que volvemos a poner sobre tablas mañana domingo trece de abril, en Madrid, a las 22 horas en el Colegio mayor San Juan Evangelista (junto a la boca de metro de Metropolitano, línea 6).
Si alguno de los trapecistas o de las putas que leen en el blog no tienen nada mejor que hacer, sepan que les recibiremos gratis y con los brazos abiertos, esperando que la obra sea de su agrado y les permita pasar un rato agradable.
Nos vemos.

sábado, 5 de abril de 2008

Juegos del trapecio II

Continuamos con el juego buñuelesco, esta vez con aquellas cosas que me gustan en la vida. Huelga decir que en el anterior post y en este, dejaré en el tintero muchas de las obsesiones que me persiguen. Sirvan ambos de aproximación. Os invito a añadir vuestras propias filias y fobias en el apartado de comentarios.


Adoro el mar, sea cual sea, sin distinguir color, forma o estado. Soy hijo del mar.
Amo a Córdoba (lejana y sola), sobre todo en las cálidas noches de primavera con su olor de naranjos, madreselvas y jazmines, con la luna llena que todo lo mira y la Plaza Averroes silenciosa, camino a la muralla.
Me gustan Toledo, La Habana, Madird, París, Alhucemas y San Sebastián, cada una por lo suyo.
Siempre he sentido especial predilección por la mitología artúrica, tan llena de brevajes, de pócimas y de pasadizos secretos, acechada por intrigas palaciegas e incestuosas hechiceras. Si tuviese tanto dinero como Bill Gates construiría un castillo y lo llenaría de inscripciones, pasajes, falsas alcobas y demás zarandajas.
Me atrae la Semana Santa, sobre todo la de Lucena (Córdoba), lo cual para un ateo convicto y confeso como yo, suma otra contradicción. Las saetas, el olor a incienso y el aura tenebrosa de las procesiones acompañadas del redoblar de los tambores, los cirios de los penitentes y la simbología de La Pasión consiguen fascinarme.
Soy taurino y a pesar de que considero la fiesta una crueldad intolerable, he llegado a experimentar profundas emociones al ver torear a toreros como Curro Romero. La lucha entre la vida y la muerte, la bestia y el hombre, le arte y el maltrato me conmueven. No puedo evitarlo.


Me gustan los gangsteres y aunque sé que son gente despreciable, en el fondo siempre he querido ser como Lucky Luciano. Otro modelo ha sido Drácula, siempre que fuese el de Christopher Lee. Los vampiros siempre han suscitado mi interés.
Siento especial predilección por la noche en detrimento del día. El día es aburrido, la noche es inquietante, pérfida y loca. ¿Quién, Rouco Varela aparte, puede preferir lo primero?
Me gustan los perros. He tenido dos a lo largo de mi vida y a ambos los he querido más que a muchas personas.
Me divierte bailar salsa, jugar al golf y hacer que juego al fútbol. Las tres cosas resultan pelín idiotas y algo burguesas, pero vivo de mis contradicciones, cosa que también me divierte.
Me apasionan el póker, el mus y el risk, aunque a este último juegue muy poco.
Los sombreros y los abrigos largos son mis prendas preferidas.
Cuando era pequeño una de mis aficiones funadamentales eran los juegos de chapas. Aún hoy conservo una gran colección.
Aunque no poseo explicación alguna, los enanos me parecen interesantes, además de atletas sexuales y estupendos jugadores de cartas. Tengo una anécdota muy buena sobre esto, algún día puede que la cuente.


Me gusta el güisqui, especialmente el Jonhy Walker etiqueta negra. De un par de años a esta parte me he aficionado al gintonic, que prefiero de Bombay Saphire ante cualquier otra ginebra. También soy partidario del daiquirí que dan en Floridita y en un pequeño restaurante madrileño llamado Zara.
Una de las cosas que más disfruto en la vida es charlar con los amigos al amparo de una de esas bebidas.
Encuentro un gran placer en fumar. Lo hago desde los trece años y nunca me he planteado dejarlo. Como curiosidad diré que debo de ser el fumador de negro más joven en muchos kilómetros a la redonda.
Escribir me encanta. En el momento en el que se enciende el ordenador y aparece la pantalla en blanco experimento un sentimiento masoquista de horror y morbo.
No puedo vivir sin leer. Siempre he dicho que si tuviese que llevar algo a una isla desierta, lo segundo sería sin duda alguna un libro. Lo primero es evidente y constituye mi gran pasión.
Soy un apasionado del flamenco puro y un moderado aficionado de jazz. Me gustan Dylan, Sabina (aunque como persona dejó de gustarme hace mucho), algunos clásicos y Wagner. Aún así no soy un melómano. El nocturno para violín de Chopin me hace llorar.




Me atrae y me repele el mundo católico.
Adoro los bares clandestinos con mucho humo, poca música y cuatro o cinco grupos de gente que charla sobre cualquier idiotez. El Binomio era mi casa, pero me lo han cerrado: cabrones.
Soy erotómano y fetichista desde que tengo uso de razón al igual que el Divino Marqués, fuente de constante inspiración. Me agrada lo perverso, lo turbio. Soy un firme defensor del onanismo, auqnue no lo practico demasiado en los últimos años.
Añoro el Bar Portugal, templo mugriento de mi adolescencia.
Amo Aluche aunque cambie a un ritmo que resulta preocupante.
Admiro a los obreros, a la gente que trabaja y se esfuerza por sacar adelante a los suyos. Admiro la habilidad física y manual, que me es completamente ajena.
Me gustan los viejos mercados, no sé por qué; también los retablos, los cementerios góticos, la arquitectura mozárabe y la románica. Los hogares llenos de libros, fotos, cuadros y objetos me reconfortan. Siento una profunda fascinación por las viejas bibliotecas, los claustros y los monasterios.


Mi olor preferido es el de la tierra mojada. Me gustan las tardes tristes y lluviosas; las noches veraniegas; las cenas con la familia y los amigos.
Disfruto de la vida en pareja cuando la tengo, pero también encuentro un gran placer en la soledad.
Soy partidario acérrimo de la novela y el cine negros. Además de gángster quisiera ser Phillip Marlowe o Sam Spade. Poirot ni en sueños.
Me gusta la Escuela de Cine de San Antonio de los Baños, que es el lugar del mundo donde mejor y más a gusto se escribe.
Soy partidario del acto absurdo sin explicación aparente. Habitualmente, cuando voy con dos copas de más, vuelco con mucho cuidado y sin derramar los restos, los cubos de basura que encuentro por la calle.
Me gusta la radio. Hace años participé en un programa semanal como colaborador y hallé muy agradable la experiencia.
Me satisface el sonido que emiten las herraduras de los caballos al galopar.
Me gusta estar con mis amigos, con mi familia, con Nuria.

Juegos del trapecio

Ya lo he dicho alguna vez en este blog; soy un admirador declarado de Luís Buñuel. Me gustan todas sus películas (incluso las peores) y considero su autobiografía como una pequeña joya literaria que resistirá el paso del tiempo sin despeinarse.
El caso es que en Mi último suspiro, que así se llama la autobiografía del genio de Calanda, propone un juego que me parece muy interesante y que consiste en hablar de las cosas que amas y que detestas. Empezaré por las que detesto.


Aborrezco los insectos, sobre todo las mantis religiosas, las orugas y los bichos desconocidos. Soy capaz de sufrir un rapto emocional y abandonar a mi madre en medio de un incendio si los ojos de la mantis me vigilan.
Detesto a la burguesía, a la gente que no tiene tiempo para la frivolidad, a los serios, a los solemnes y a los que no se toman la vida como lo que es: muy poca cosa.
No me gustan los progres, los ecologistas, aquellos que sólo se preocupan por imbecilidades tales como el sexismo en el lenguaje, los documentales de Al Gore y los delirios de Michael Moore. Debe de ser una desviación de comunista ortodoxo.
No aguanto los lugares ruidosos en los que la gente habla a voces, especialmente cuando está comiendo.
Odio los edificios públicos y administrativos, todo lo que huela a Burocracia.
Me repugna la Universidad, templo de la mediocridad y la idiotez, antro gris, guardería hormonal, reserva espiritual de nada.


Me cansan los vegetarianos ideológicos, aquellos que para reivindicar la igualdad entre el hombre y el animal, se ponen un peldaño por encima y juzgan al animalito desde una perspectiva repulsiva y paternalista.
Fuenlabrada, Terrasa, Tarragona, Alcorcón, Móstoles y el resto de ciudades industriales me dan miedo. Detesto también los polígonos industriales y las ferreterías, no sé por qué.
Siento un profunda aversión al clero, muy en especial a las monjas, que me parecen los seres más malvados que hay sobre la tierra.
No aguanto a la gente espesa, que elige la tristeza y la pena como modo de vida. Tamopoco a la gente que le da una importancia desmedida al modo de vestir.


Nunca he sido capaz de comerme una granada. Tampoco me gusta la ensaladilla rusa ni los trisquis, esos aros de trigo infernales.
Los deportistas me aburren, odio las manifestaciones, me veo alterado por los patriotas. El fascismo, el racismo y la homofobia me asquean, pero ninguno tanto como el capitalismo o el liberalismo, que engloba a todos y del que encima soy partícipe (también me detesto a mí mismo a veces). El pelo de Aznar me produce escalofríos.
No me gusta el campo en verano. Me aterra el ruido de los grillos, el cuchiceheo del silencio y la nieve cuando está a punto de descongelarse. En el colegio, por algún motivo, las ecuaciones y la geometría me aterraban, me parecían obscenas; aún hoy me infunden temor.
Lans Von Trier, 2001, La vida es bella, La lista de Schindler o Mar adentro me parecen directamente una mierda. Igual me pasa con la literatura de autoayuda, con Pablo Cohello, Bucay, Pérez Reverte, La Divina Comedia, Prada, Gala, Freud (qué cansancio), Platón (no es culpa mía), Savater, algunas obras de Lope (ya es hora de decirlo), con casi todos los que escriben en el país a excepción de Mendoza y con muchos más.


Me repugna la zarzuela y no sé por qué. Los matrimonios felices, plenamente felices son tenebrosos. Los optimistas y los pesimistas son un coñazo, los hombres de traje, las mujeres de traje, sobre todo si llevan maletines, generan en mí desconfianza.
Sigo odiando los flashes (sobre todo los de lima limón). No me interesa Japón ni la cultura del espíritu oriental. Vomito cuando veo a Ramiro Calle, a Dragó, a Jiménez Losantos y a Doña Leticia.
Desconfío de la gente que dice que nunca se ha masturbado (si mienten en una tontería así, imagínate en algo importante).
Me horrorizan profundamente los relojes de pared, sobre todo los de cuco. En mi casa hay uno y por razones sentimentales nunca he intentado quitarlo; sí que conseguí hace años que quedase más o menos escondido en un rincón del salón.
Me dan miedo las alturas y los parques floridos.
Me cambio de acera cuando veo un grupo de adolescentes con gafas de sol, pelo de punta y ampulosas baratijas rodeándoles el cuerpo. siento temor.
Por último, detesto todo lo que huela a militar, a ejército, policía o autoridad. Recuerdo una vez en la que estuve tentado de ir a cierta comisaría, dejar el DNI y decirles: "Denúncienme por lo que quieran, pero déjenme en paz, por favor".
No lo hice y lamento no haberlo hecho. Como ya he dicho, a veces (no siempre pero sí muchas), yo mismo no me gusto.

jueves, 3 de abril de 2008

Putas y trapecistas hablan

La encuesta sobre la transición cubana ha concluido. La población del putiferio y el trapecio ha hablado y en este blog se acata su sentencia, qiue combina cachondeo y firmeza de un modo perfecto. Los resultados son claros.
Sobre una muestra de 85 votantes, un 41% (35 votos) se decanta por la opción más socialismo. El 32% (28 votos) escoge el sistema de República Bananera demostrando una vez más, que en España lo que más nos gusta es el plátano y el símbolo fálico (cosas de los complejos masculinos y las insatisfacciones femeninas). El 14 % (12 votos) opta por la Democracia Burguesa y el el 11% (10 votos) prefiere una solución continuista para el futuro de la isla.
Cada uno sabrá lo que ha votado, cuantas veces y por qué, pero en una lectura somera sobre los votos emitidos, se podría asegurar que entre las putas y los trapecistas que pululan por esta su casa, un 52% se muestra de un modo u otro a favor del socialismo en Cuba, mientras que un 46% aboga por otras formas de gobierno. Llama la atención, el bajo resultado de la Democracia al estilo occidental, que no llega al 15%. En cuanto a la desmedida bolsa de votos que se deciden por la República Bananera, huelga decir que corresponden en su inmensa mayoría a cachondos mentales a los que les importa poco o nada el tema encuestado. Me parece bien.


En cualquier caso, gracias a todos por votar. Ahora que Raúl Castro parece haber emprendido reformas de final incierto pero, a priori, esperanzador en la profundización del socialismo, el debate sobre Cuba saltará cada dos por tres a la palestra. Estaría bien que aquellos que lo deseen expongan las razones de su voto, sea cual sea, en los comentarios de este post, lo cual ayudaría a discutir y reflexionar sobre el modelo cubano. Yo sigo gritándolo alto y claro: ¡Viva Cuba! ¡Viva la Revolución! ¡Socialismo o barbarie!

lunes, 31 de marzo de 2008

No semos naide

Un amigo de mi padre suele decir que "los humanos no semos naide". Es la frase perfecta para un entierro: clara, concisa, pelín hipócrita y sin embargo, al mismo tiempo, una verdad irrefutable. Hay algunos que se empeñan en negar la mayor, en "ser". Qué idiotez ¿no?
Me pregunto yo (yo este de carácter lingüistico y no metafísico) por qué tanto empeño en autoafirmarse. Hemos venido a este mundo en pelotas, no sabemos muy bien cuál es nuestra función, perdemos el tiempo, trabajamos, pagamos impuestos y luego, unos cuantos polvos después, vamos y nos morimos. Qué cuadro.
Una cosa está más o menos clara: la posteridad no tiene sentido, el futuro menos y el pasado... bueno, el pasado sólo sirve para echar unas risas si procede y para tener nostalgia o vergüenza, según el caso. Luego está el presente, una especie de grano en el culo que da gusto rascar, la niña de nustros ojos, el rey de la casa, el culpable de que actuemos. El presente, como el chikichiki, mola mogollón, más que nada porque no existe, porque como concepto se nos escapa. Por ejemplo ahora, en mi presente, estoy escribiendo estas líneas, pero a medida que las escribo un presente nace y muere con cada letra y mi reloj de arena pierde granos que no se recuperarán jamás.


Esta cantidad insondable de lugares comunes que estoy soltando viene a raíz de una conversación que mantuve no hace mucho con una señora muy de derechas, muy fina y con muchos euros encaramados en el collar de perlas. Decía la señora, con impecable castellano de club de hípica, que los jóvenes somos unos vagos porque en lo único que pensamos es en vivir la vida, emborracharnos y ligotear (son palabras textuales) en vez de trabajar y pagar la hipoteca.
La sabiduría de la clase alta siempre me ha dejado a medio camino entre la estupefacción, el regocijo y la indigestión. No sabía qué responderle así que dejé que mi boca soltase lo primero que anduviese rondándole.
- Señora, es que la vida es muy corta como para en lugar de vivirla, dedicarse a la hipoteca.
La señora se sobresaltó. Mis palabras debían ser un tanto hedonistas para tan alta concepción de la existencia. Aún así, con las perlas titilando en el cuello y el olor de los establos que debe frecuentar a diario instalado en la boca dijo:
- Si es así como quieres que te recuerden tus hijos, allá tú.
Tomá, pensé. Esto si que no me lo esperaba. La alusión a mis hijos, a mi futuro, al recuerdo de mí mismo en los demás consiguió desarmarme. Sólo pude decir:
- Es que no semos naide, señora. Y a mí todo eso, mire usted, me da un poco lo mismo.
Era mentira, claro. O tal vez no. En el tiempo que tarde en decidirlo me emborracharé, viviré y si se deja, intentaré ligotear con la vida. Trabajar lo menos posible, por favor. Y pagar la hipoteca... pues no sé, cuando las casas cuesten lo que valen.

miércoles, 26 de marzo de 2008

Siente un Azcona en su mesa


Se ha muerto, como casi todos. Se ha muerto y con él se han ido Arniches, los cafés de la posguerra y las manchas del bocadillo de chorizo en la camisa.
Rafael Azcona era el mejor, el mejor de los vivos, está claro. No es el momento de enumerar las enormes películas que salieron de su pluma, su olivetti o con lo que carajo escribiese, pero parece el momento de reivindicar la calidad silenciosa, la grandeza oculta y la técnica anónima de este monstruo del cine mundial. Azcona no era conocido, podía pasear por la calle sin que nadie le abrumase con el apetito de rúbricas que padecen los mitómanos, sin que le diesen la murga, con la cabeza alta y el paso ágil, barruntando historias en su prodigioso cerebro. Una ventaja para el maestro.


Nadie ha captado la realidad de este país con la pasmosa, la cómica, la ácida facilidad con la que él fue capaz de mostrarnos que aquí, aunque semos diferentes (un pelín casposillos tal vez) sufrimos igual, tenemos la misma gracia -o más- y padecemos problemas idénticos al resto de los mortales. Era un grande entre los grandes, el Billy Wilder riojano y patrio (¿o era Wilder el Azcona austríaco de Estados Unidos?).
"Siente un Azcona en su mesa, futuro guionista" debería rezar el cartel de cualquier Escuela de Cine, porque el riojano es el prototipo de guionista, el espejo en el que el futuro contador de historias debería mirarse, el genio discreto capaz de arrancar la risa y el llanto y fundirlos en la misma sustancia. Eso y mucho más era Azcona, y ahora, sin él, el cine autóctono se queda huérfano ante un horizonte difuso. Siempre se van los mejores (cuando son los mejores los que se van).
En cualquier caso, descanse en juerga, que es lo que seguramente hubiese querido. Eras cojonudo, Azcona.

martes, 25 de marzo de 2008

A la playa con gabardina

Ir a trabajar a una oficina es como acudir a la playa con gabardina; desentonar resulta inevitable, la sensación de ser observado es constante y la sensación de no haber escogido la indumentaria apropiada persiste durante todo el largo, monótono y grisáceo día.
Todo esto lo digo por experiencia, claro; llevo unos días trabajando en la empresa familiar en calidad de administrativo, más que nada por ayudar a la familia.en unas cuestiones relacionadas con mi profesión que pueden serles de ayuda. Afortunadamente es un trabajo temporal por gusto que no me roba tiempo de la serie. El ambiente laboral es bueno, estoy rodeado de trabajadoras muy majas que endulzan el pesado trabajo de adjuntar facturas y albaranes, ocupación desquiciante y vacua que agota más aún que correr la San Silvestre vallecana.
El asunto es que esto de trabajar de administrativo, si se sabe aprovechar, puede facilitar mucho material de trabajo para el guionista. Las gentes que pueblan una oficina, por lo menos esta en la que me hallo, se trocan en fructíferas dispensadoras de anécdotas, perfiles, gags, frases, diálogos y demás chanzas.


Recuerdo que hace años trabajé como becario en esta misma empresa con resultados deficientes en todos los campos. Fue un infierno dantesco, tétrico, perdido en un mar de números absurdos que se sucedían implacablemente como una máquina apisonadora que aplastaba cualquier atisbo de diversión, interés o aprendizaje. Esta vez es radicalmente distinto y lo curioso es que el cambio proviene de un mero movimiento geoestratégico, un par de mesas más abajo, hacia la zona de administración, inmerso en el meollo, en el corazón de la oficina.
Aquí la vida se ve de otra manera y las horas pasan entre conversaciones superfluas y amenas que arrancan carcajadas a cada rato. Aquí, rodeado de chicas que manejan facturas incomprensibles para mi limitada mente, me entretengo en escrutar un mundo que ofrece carnaza fresca para el ávido contador de historias. Aquí, al fondo, recluido en la zona de las administrativas, escribo ahora mismo este post sin que nadie se dé ni cuenta, birlándole veinte minutitos de sueldo a la patronal. Y encima voy a fumarme ahora un cigarrito... para que no se diga que los obreros no tienen vicios.
Y mañana más de lo mismo y así hasta el once de abril más o menos. No está mal esto de ir a la playa con gabardina, tiene su gracia

sábado, 22 de marzo de 2008

Otra de listas


Hace ya algún tiempo que escribí mis veinticinco películas favoritas. Toca la literatura, en este caso el género de novela. Es esta lista, como la otra, una lista apresurada y poco reflexionada, más orientativa que otra cosa. Ahí va:

1851. Moby Dick de Herman Melville
1859. Historia de dos ciudades de Charles Dickens
1866. El Jugador de Feodor Dostoiesvki
1883. La isla del tesoro de Robert Louis Stevenson
1887. Drácula de Bram Stoker
1899. El corazón de las tinieblas de Joseph Conrad
1914. Niebla de Miguel de Unamuno
1925. El proceso de Franz Kafka
1931. La llave de cirstal de Dashiell Hammett
1940. Historias de Pat Hobby de F. Scott Fitzgerald
1942. El extranjero de Albert Camus
1945. Sinuhé, el egipcio de Mika Waltari
1947. El callejón de los milagros de Naguib Mahfuz
1953. El largo adiós de Raymond Chandler
1955. El Jarama de Rafael Sánchez Ferlosio
1960. Todos los caballos del Rey de Michèle Bernstein
1961. Los viejos marineros de Jorge Amado
1962. La conjura de los necios de John Kennedy Toole
1963. Opiniones de un payaso de Heinrich Böll
1964. Juliano, el apóstata de Gore Vidal
1975. La verdad sobre el caso Salvolta de Eduardo Mendoza
1981. Crónica de una muerte anunciada de Gabriel García Márquez
1982. Mi último suspiro (Memorias) de Luís Buñuel
1982. Asesinato en el Comité Central de Manuel Vázquez Montalbán
1996. La arboleda perdida (Memorias) de Rafael Alberti
2003. 2666 de Roberto Bolaño

Faltan, como siempre, otras doscientas. Me he dejado llevar por mis gustos y soy plenamente consciente de que algunas de esas novelas no tienen una altura mayor que otras. Añadiría cualquier otra de Hammett o Chandler, Manhattan Transfer, Nada, alguna de Marsé o de Juan Madrid, La flaqueza del Bolchevique o La sustancia interior de Lorenzo Silva, La ciudad y los perros, El Quijote, La Odisea (pero no es una novela, claro), Agostino de Moravia, El rey Arturo y sus caballeros de Steinbeck, Otra vuelta de tuerca, El vicario de Wakefield, algún Lovecraft, Simenon o Doyle, Justine del Divino marqués, Dublineses o La Biblia, que a causa de mi desconocimiento sobre autor y fecha, ha quedado fuera. En fin, se me olvidan dos mil, pero no tengo ganas de pensar más de lo necesario.
También falta Los tres mosqueteros, pero como aún no me la he acabado, me parecía mal incluirla.

sábado, 15 de marzo de 2008

Paraíso perdido

Hoy echo de menos algunas cosas
Echo de menos la infancia, aquellos partidos de fútbol con chapas en los cuales el balón era un garbanzo y la portería, cualquier caja de zapatos cortada por la mitad.
Echo de menos el colegio, aquellos amigos que se fueron perdiendo en el camino y que siempre recuerdo y siempre siento cerca aunque nada me una ya con ellos.
Echo de menos mi barrio, Aluche, sobre todo en los domingos, cuando salían los gitanos con la cabra, el afilador paseaba en busca de clientes y los churros calientes eran recibidos como el premio final de la semana. También echo de menos ver la calle atestada de gente, los bares soleados de gente amiga y el parque cuajado de niñas que saltaban a la comba dejando entrever las bragas entre impulso e impulso, como promesa de un lugar mejor y más divertido.

Echo de menos aquel tiempo en que los trapecistas estaban en la calle y se besaban en los lugares públicos, demostrando que se amaban.
Echo de menos el pueblo con sus veranos largos y lúdicos, llenos de pajas, fútbol, libros y cartas. Echo de menos las partidas de mus, las fiestas, los primeros tragos de alcohol, el primer cigarrillo y aquel beso, que nunca olvidaré, que nunca nadie ha olvidado.
Echo de menos creerme el cuento de que este mundo es cojonudo, el pensar menos y el vivir más, el estar abierto a todo, desnudo de prejuicios. Echo de menos aquel arroyo que se ha secado, aquella roca donde nos metíamos mano los niños y las niñas y que ahora, es un chalet adosado color melocotón.
Echo de menos disponer de mi tiempo y no tener noción de su concepto y por tanto, usarlo de un modo impúdico, despreocupado y simple.


Echo de menos -dejándome de rodeos- mi infancia. Echo de menos -está muy claro- no echar de menos nada.
Ya sé que esto es un tópico, pero es verdad: lo echo de menos. Y también sé que como dijo un tipo listo, no debemos ser sectarios; porque la infancia puede ser un paraíso perdido, pero también un infierno de mierda. No es melancolía, es que me lo pasé muy bien.
Y una vez más, no tengo la menor idea de a qué viene esto, pero ahí queda. O no.