Se fue el 2011 y llegó el 2012, último año del planeta según algunas supersticiones que quizá no van del todo desencaminadas.
No digo esto porque conceda ninguna importancia real a los vaticinios catastrofistas sobre la destrucción física de la Tierra, sino por otros augurios, más políticos o economicistas, que tienen que ver con el desmantelamiento del Estado del medioestar y la aniquilación de muchas (puede que todas) de las conquistas sociales y laborales arrancadas por el movimiento obrero durante años de empeño.
El horno no está para bollos y ahora que la semana santa acerca su aliento, aparco las preocupaciones por el futuro de mi clase y me dedico a preparar las maletas para poner rumbo a la tierra paterna, Lucena, pueblo o ciudad a medio caballo entre la industria y la jornalería del olivo, que se viste en estas fiestas con la túnica de los pasos, el capirote de los penitentes y la música de las saetas, todo con regusto de fino seco y aroma de incienso espeso.
Voy allí con ganas de descansar y disfrutar de una de mis contradicciones: mi propensión estética por la imaginería católica.
Pero también, y eso es casi más importante, voy allí para pasar unos días al lado de ella, que es, con diferencia, lo mejor que me ha pasado últimamente.

Un año es mucho o poco tiempo, según se mire, pero a mí este último se me ha pasado volando entre sonrisas, complicidad y espera. No soy dado a verter aquí elementos relacionados con mi vida personal. Me parece obsceno o pornográfico, pero hoy rompo tímidamente mi norma interna para agradecer, aunque sólo sea de manera indirecta, la suerte que he tenido encontrando a Esther.
Todo el mundo debiera tener derecho a ser feliz, igual que a poseer una vivienda y un trabajo. No todos lo consiguen, no todos pueden experimentar la sensación de levantarse por las mañanas de buen humor porque existe alguien que siempre está ahí, a las duras y a las maduras, con vocación de apoyo y amuleto. Compadezo a los que no lo viven, porque es una de las cosas más hermosas que existen en la vida.
Yo estoy de suerte. Tengo vacaciones, amigos, y puedo viajar a un pueblo hermoso. Y disfrutar del rito pagano de una religión que aborrezco. Y pasear (hueco reservado en el domingo) por las calles misteriosas y secretas de Córdoba. Y reír con mis padres y sus amigos. Y un montón de cosas más.
Pero además, puedo hacerlo todo junto a ella y eso, perdonen la esperanza, es un regalo extra que la vida me ha plantado en las narices sin apenas esperarlo. Un año es poco o mucho tiempo, según se mire, pero para mí, sobre todo, ha sido un regalo que espero que no termine nunca. Que pasen todos unas felices vacaciones.
No digo esto porque conceda ninguna importancia real a los vaticinios catastrofistas sobre la destrucción física de la Tierra, sino por otros augurios, más políticos o economicistas, que tienen que ver con el desmantelamiento del Estado del medioestar y la aniquilación de muchas (puede que todas) de las conquistas sociales y laborales arrancadas por el movimiento obrero durante años de empeño.
El horno no está para bollos y ahora que la semana santa acerca su aliento, aparco las preocupaciones por el futuro de mi clase y me dedico a preparar las maletas para poner rumbo a la tierra paterna, Lucena, pueblo o ciudad a medio caballo entre la industria y la jornalería del olivo, que se viste en estas fiestas con la túnica de los pasos, el capirote de los penitentes y la música de las saetas, todo con regusto de fino seco y aroma de incienso espeso.
Voy allí con ganas de descansar y disfrutar de una de mis contradicciones: mi propensión estética por la imaginería católica.
Pero también, y eso es casi más importante, voy allí para pasar unos días al lado de ella, que es, con diferencia, lo mejor que me ha pasado últimamente.

Un año es mucho o poco tiempo, según se mire, pero a mí este último se me ha pasado volando entre sonrisas, complicidad y espera. No soy dado a verter aquí elementos relacionados con mi vida personal. Me parece obsceno o pornográfico, pero hoy rompo tímidamente mi norma interna para agradecer, aunque sólo sea de manera indirecta, la suerte que he tenido encontrando a Esther.
Todo el mundo debiera tener derecho a ser feliz, igual que a poseer una vivienda y un trabajo. No todos lo consiguen, no todos pueden experimentar la sensación de levantarse por las mañanas de buen humor porque existe alguien que siempre está ahí, a las duras y a las maduras, con vocación de apoyo y amuleto. Compadezo a los que no lo viven, porque es una de las cosas más hermosas que existen en la vida.
Yo estoy de suerte. Tengo vacaciones, amigos, y puedo viajar a un pueblo hermoso. Y disfrutar del rito pagano de una religión que aborrezco. Y pasear (hueco reservado en el domingo) por las calles misteriosas y secretas de Córdoba. Y reír con mis padres y sus amigos. Y un montón de cosas más.
Pero además, puedo hacerlo todo junto a ella y eso, perdonen la esperanza, es un regalo extra que la vida me ha plantado en las narices sin apenas esperarlo. Un año es poco o mucho tiempo, según se mire, pero para mí, sobre todo, ha sido un regalo que espero que no termine nunca. Que pasen todos unas felices vacaciones.
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